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El diccionario de la Real Academia; define el término maldad, como el sentido de intención e inclinación a lo perverso. Por ese motivo plantearemos esa doble cuestión, porque no sólo se trata de constatar hasta que punto el Islam implica males objetivos, sino de subrayar cómo en él parece subyacer un designio anticristiano deliberado.

La religión mahometana, o Islam, no tiene origen divino, es un mal, una realidad mala y perniciosa, en la cual la acumulación de maldades objetivas nos induce finalmente a pensar en la existencia, tras ellas, de una malicia en la intención, la cual la dio origen y la sostiene. Abordaremos primero el aspecto objetivo y luego el intencional de sus males. El Islam es un conjunto vital que pretende fundarse en una religión revelada y debe ser juzgada atendiendo a dicho núcleo. Y resulta que su principal defecto es constituir una falsa religión. La falsa religión, como lo es el Islam, es siempre un mal de primera magnitud, y quien no comprende esto arriesga su plena conciencia cristiana porque pierde el sentido religioso. No existe posibilidad lógica de que un cristiano conceda a Muhammad el papel de profeta. Si lo fue, y su predicación viene de Dios, hay que aceptar todo su testimonio, incluido el que se inventa acerca de Jesús negando su divinidad o Cristo es la Palabra definitiva de Dios o Muhammad es el Sello de los profetas. De ahí también que debamos rescatar la palabra mahometano por oposición a cristiano, porque lo contrario es conceder la verdad de su religión. (Sura 33:40-42) “Muhammad no es el padre de ninguno de vuestros varones, sino el Enviado de Alá y el sello de los profetas. Alá es omnisciente ¡Creyentes! ¡Recordad mucho a Alá! ¡Glorificadle mañana y tarde! Él es Quien, con Sus ángeles, os bendice para sacaros de las tinieblas a la luz. Es misericordioso con los creyentes”.

Cristo hizo en vida multitud de milagros sobre realidades cotidianas, comprensibles a los hijos de toda nación. Muhammad se negó a intentar siquiera el efectuar ninguno y utiliza como milagro la belleza de su lengua árabe, inaprensible para el resto de los pueblos del mundo, e in concluyente también para los árabes, que al presente han construido su lengua tomando el Corán como modelo.

Y además, en ningún momento Muhammad ha podido presentar a su favor el cumplimiento de las profecías mesiánicas del pueblo elegido en la Primera Alianza, como se cumplen en Nuestro Señor Jesucristo. Las deficiencias morales de la enseñanza mahometana son sólo las consecuencias naturales de obedecer una falsa revelación, y no deben constituir el centro de la apologética cristiana ante el Islam.

De modo que sabemos que en cuestiones de vida matrimonial el Corán segrega a la mujer, y consagra el repudio fácil, el matrimonio temporal o de visita y la poligamia. Muchas de tales enseñanzas se ajustaron como anillo al dedo a conveniencias de Muhammad y sus compañeros, y justo entonces fueron bajadas del cielo a su oído. También a conveniencia de las armas de Muhammad el Corán refrendó la violación por éste de usos de la guerra arábigos. (Sura 4:3) “Si teméis no ser equitativos con los huérfanos, entonces, casaos con las mujeres que os gusten: dos, tres o cuatro. Pero, si teméis no obrar con justicia, entonces con una sola o con vuestras esclavas”.

La moralidad musulmana es oportunista, legalista, e impositora por naturaleza, muy diferente en sus consecuencias sociales de la moral católica. Y una moralidad fundada en una lista de preceptos no es, como la nuestra, flexible y libre, sino que va acompañada de la mayor rigidez y de un intrincado casuismo. El musulmán vive bajo su ley específica de origen religioso, que es muy diferente de las prohibiciones taxativas, pero escasas, del derecho natural y de la exhortación a la perfección que son propias de los cristianos. Un mahometano está sometido a ingente cantidad de prescripciones y prohibiciones, que abarcan desde el momento y las posturas exactas de la oración, hasta los alimentos y su preparación. Dicho de otro modo, el mahometano concibe su moral bajo la forma de ley, y todos los especialistas coinciden en señalar que la forma más característica y desarrollada de la especulación religiosa islámica es su derecho

La ley islámica o la Shari’a, es concebida inseparablemente como ley social y política, que debe imponerse a todos, incluyendo el estatuto de los sometidos a su protección, protegidos a la fuerza, y el Islam está unido al concepto del Yihad o guerra santa. El Islam en general tiene por programa la conversión de la Shari’a en la única ley civil, la extensión de la misma a todas las naciones, y el recurso a las armas siempre que se haga necesario. El Islam es una falsa religión, pretendidamente revelada, cuyo mensaje contiene preceptos conflictivos, y a veces completamente inmorales, la implantación universal de los cuales por la fuerza se contempla expresamente.

Para el musulmán no existe la novedad cristiana, porque ya conoce a Jesús por el Islam, y además está más al día, pues sabe que a ese profeta le sucedió el definitivo, que es Muhammad. Igualmente, el milagro definitivo de la Resurrección es negado hábil y radicalmente: negando la previa muerte en la Cruz. Declarados expresamente errados, los cristianos han de ser combatidos por las armas hasta que acepten dejar su religión o pasar a la condición de sometidos protegidos, condición siempre dificultosa, amenazada, privada de fecundidad misionera, tentada de apostasía, y humanamente irreversible sin mediar intervención externa. Pero si los cristianos ya existentes son combatidos, perseguidos y sometidos, la posibilidad de nuevas conversiones procedentes de los mahometanos es todavía más difícil, porque si la Shari’a predica la Yihad, además es tajante sobre la pena de muerte al musulmán que pudiera convertirse a otra religión. En un país islamizado no pueden entrar misioneros; la gente de otras religiones no manifiestan celo predicador por miedo a empeorar su delicada situación; los potenciales conversos mahometanos se encuentran satisfechos con una religión a primera vista superior a la cristiana y la amenaza de muerte social y física termina de disuadir cualquier veleidad de conversión, salvo casos absolutamente excepcionales. (Sura 9: 29) “Combatid contra quienes, habiendo recibido la Escritura, no creen en Dios ni en el último Día, ni prohíben lo que Dios y su Enviado han prohibido, ni practican la religión verdadera, hasta que, humillados, paguen el tributo directamente”.

A manos del Islam sucumbieron territorios de poblaciones secularmente cristianas, incluidos todos aquellos ligados a la vida de Nuestro Señor, el teatro de las primeras predicaciones de la Iglesia, el hogar de sus Santos Padres y la sede de sus primeros Concilios. Situación que no ha revertido todavía ¡en trece siglos! con constante mengua de la población que mantiene nuestra Fe en esas tierras otrora unánimemente cristianas.

Además, existen casos en que siendo la actitud común verdaderamente idéntica no cabe renunciar a ella, como sería el caso, por ejemplo, de la disciplina matrimonial.

Muchos occidentales, sobre todo de izquierdas, pero también entre las derechas, incluso las de matriz cristiana, simpatizan con el Islam. La verdad, como cristianos, no podemos consentir, ni menos favorecer, la equiparación de Cristo con Muhammad, ni de las prácticas cristianas y mahometanas, como tampoco podemos aceptar la nueva generación de pretendidos derechos humanos como el aborto o el llamado matrimonio homosexual. Todos los males provocados por el Islam a la religión cristiana como: competencia, persecución, confusión y distanciamiento, no son producto de múltiples factores aunados por el tiempo, sino frutos de una invención humana concreta, y llevan siglos sirviendo perfectamente a un muy eficaz designio anticristiano, como para no querer ver en ello un instrumento diabólico en que la propia religiosidad humana se aprovecha y revuelve contra la religión verdadera. A la vista de todo ello, es más que admisible sugerir que la coincidencia de tantas manifestaciones de maldad en el Islam esconde una malicia intencionada. Y aun si las falsas revelaciones de Muhammad no fueron sugestiones diabólicas, parece que el Islam ha sido un instrumento del que se ha valido Satanás contra la difusión del Evangelio o la perseverancia en él. Pero el Demonio nunca tiene la última palabra: la Divina Providencia nunca es vencida.

El Islam es un mal. Para vencer al mal lo primero hay que reconocerlo y conocerlo. Una diferencia fundamental entre la Religión verdadera y la religión falsa: no todos los cristianos que van a Misa son santos, pero todos los santos van a Misa, con el Islam ocurre todo lo contrario: no todos los mahometanos que van a la mezquita son terroristas suicidas, pero todos los islamistas, salafitas, yihadistas y terroristas suicidas han pasado por ciertas mezquitas antes de su encuadramiento definitivo como tales.

Más información:
Raad Salam Naaman, Desvelando el Islam, Editorial Monte Riego (León) 2012

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