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La ablación femenina supone una degradación de la mujer frente al varón, al que el Corán (Sura 2: 228) “Las repudiadas deberán esperar tres menstruaciones. No les es lícito ocultar lo que Alá ha creado en su seno si es que creen en Alá y en el último Día. Durante esta espera, sus esposos tienen pleno derecho a tomarlas de nuevo si desean la reconciliación. Ellas tienen derechos equivalentes a sus obligaciones, conforme al uso, pero los hombres están un grado por encima de ellas. Alá es poderoso, sabio”.

Se trata de una práctica no infrecuente en algunos países de mayoría musulmana, consistente en la mutilación total o parcial del clítoris, cuya finalidad es evitar que la mujer conozca y disfrute el placer sexual y por tanto, que no busque sexo fuera del matrimonio, asegurándose así el varón de que los hijos gestados sean suyos. Esta práctica, conocida también como circuncisión femenina, puede proceder de alguna costumbre pagana de sociedades ancestrales aunque con la misma intencionalidad de posesión y sumisión de la mujer al varón. Muchos musulmanes le dan incluso una significación religiosa, aunque el Corán no lo menciona.

Clítoris en árabe es bazr (en plural buzûr). Muchas poblaciones árabes preislámicas practicaban la clitoridectomía, por lo que la mujer con el clítoris intacto era llamada bazrâ`, palabra que tenía un sentido despectivo. La mujer encargada de practicar el corte se llamaba mubazzira.

Quienes argumentan que en el Islam hay textos que aprueban esta práctica, se basan en un hadiz, dicho de Muhammad, según el cual, Muhammad pidió a una mubazzira llamada Umm ´Atiyya que nunca más cortara todo, sino que si seguía con esta práctica lo hiciera sólo superficialmente. Según una tradición conservada por Ibn Hanbal, el jitân es sunna para los varones y “honorable” para las mujeres. Afortunadamente, el jitân femenino no se extendió por los países islamizados en los que no se había practicado nunca, ni siquiera el jitân femenino menor permitido por el hadiz, que en todo caso tenía la intención de reducir los excesos de una práctica previamente existente, no de aprobarla. En la actualidad el jitân femenino se sigue aplicando, generalmente de forma clandestina, en los países africanos donde ya se hacía antes del Islam.

Se estima que cada año 2 millones de niñas sufrirán la extirpación parcial de sus genitales externos como consecuencia de la ablación o mutilación genital femenina, una práctica cultural y social, muy arraigada en 28 países, que pone en grave peligro su salud y vulnera sus derechos fundamentales. En la zona donde se lleva a cabo este proyecto se continúa practicando la ablación por dos razones: porque las familias se sienten comprometidas a seguir con las tradiciones, aunque la gran mayoría desconoce las consecuencias que suponen; y porque existe la creencia falsa de que la mutilación genital femenina previene la infidelidad femenina.

Se calcula que 70 millones de niñas y mujeres actualmente en vida han sido sometidas a la mutilación, ablación genital femenina en África y el Yemen. Además, las cifras están aumentando en Europa, Australia, Canadá y los Estados Unidos, principalmente entre los inmigrante procedentes de África y Asia sudoccidental.

No hay cifras sobre su frecuencia en los países asiáticos, pero hay informes que indican que se hacen ablaciones en pueblos de Indonesia, Sri Lanka y Malasia. En la India también se han localizado algunas pequeñas sectas que la realizan. En Oriente Medio ocurre en Omán, Yemen y Emiratos Árabes Unidos. También determinados grupos indígenas de América Central y del Sur, aunque los informes que se reciben al respecto son pocos. En los casos de Australia, Canadá, Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Italia, España, Portugal, Países Bajos, Dinamarca, Suecia y otros donde no existía esta costumbre, se obtienen datos al respecto en la actualidad, por causa de algunos inmigrantes que proceden de países donde es tradicional, por lo que a veces intentan también realizar la ablación en los países de acogida, aunque más a menudo se desplazan expresamente para realizar la ablación en el país de origen.

La ablación genital femenina constituye una violación fundamental de los derechos de las niñas. Es una práctica discriminatoria que vulnera el derecho a la igualdad de oportunidades, a la salud, a la lucha contra la violencia, el daño, el maltrato, la tortura y el trato cruel, inhumano y degradante; el derecho a la protección frente a prácticas tradicionales peligrosas y el derecho a decidir acerca de la propia reproducción. Estos derechos están protegidos por el Derecho internacional.

La ablación genital femenina causa daños irreparables. Puede acarrear la muerte de la niña por colapso hemorrágico o por colapso neurogénica debido al intenso dolor y el traumatismo, así como infecciones agudas y septicemia. Muchas niñas entran en un estado de colapso inducido por el intenso dolor, el trauma psicológico y el agotamiento a causa de los gritos.

Los datos respecto a los escasos esfuerzos por enseñar y prevenir sobre los perjuicios de la ablación femenina, no dicen mucho a favor de la umma (comunidad islámica) de todo el mundo, que no se ha esforzado nunca lo suficiente en condenar esta práctica que, por una parte, es contraria a uno de los objetivos prioritarios de la sexualidad islámica: que la mujer obtenga el máximo placer, que es uno de sus derechos, y que por otra, atenta contra los derechos humanos universales que defiende la ética islámica, pues pone en peligro la salud e integridad física y psíquica de la mujer. En cambio, pese al hadiz, en los países en los que se practicaba, no sólo se siguió haciendo, sino que además extirpando mucho más que “un poco”. Aunque ni siquiera el hecho de extirpar menos se pueda considerar bajo ningún concepto como solución, ni visto como “mal menor”.

La ablación femenina de ninguna manera es una circuncisión, sino una total castración sexual de la mujer. Se utiliza aviesamente el término o la idea de “circuncisión”, pues así se trata de relacionar con esta tradición abrahámica judeo-musulmana que es aplicada exclusivamente a los varones.

 La tradición musulmana ha continuado la costumbre de sacrificar la cabellera del niño (antiguo rito de purificación) y de inmolar una victima, una parte de la cual se reparte a los pobres. Recomienda la tradición pronunciar al oído del recién nacido la formula del llamamiento a la oración para hacer de él un futuro musulmán. La tradición también prescribe la circuncisión observada en el mundo musulmán y llevada a cabo sea el séptimo día, sea el séptimo año. El niño recibe un nombre constituido esencialmente por el nombre de pila (Muhammad, Ahmed, Yusof, etc.) y el del padre. A ellos añadirá otro que recuerde al del hermano mayor (kunia), a veces ficticio, el étnica relativa al origen, a la profesión y el sobrenombre honorífico (laqab) por ejemplo (Nur Al- Din). Hasta los siete años el niño es educado por las mujeres, después aprende un oficio con su padre o frecuenta la escuela alcoránica. Las muchachas destinadas al matrimonio están confinadas en la casa y privadas de toda instrucción. El papel de la mujer musulmana no es el de educar o instruir, apenas sabe recitar la oración; las mujeres cultivadas conocedoras de la poesía, el canto y la música, eran, en general, esclavas o libertas.

Más Información:
Raad Salam Naaman, Todo sobre el Islam, Editorial Monte Riego (León) 2013

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